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Reportaje: Animales olvidados en las vías (de Cinthya García C.)

Los animales olvidados.

 Entre las vías del Ferrocarril central, al norte de la delegación Azcapotzalco, es fácil ver cómo la pobreza y la indiferencia conviven a diario. En estas tierras pobres que no cuentan con los servicios básicos, habitan humanos y animales. Son  lugares apartados donde se encuentran perros, gatos, burros y hasta gallos, abandonados en su totalidad, que sobreviven con lo que pueden. Algunos siguen esperanzados a un humano que les resuelva su condición, y otros, prefieren huír del hombre, ya que de él, aprendieron lo que es dolor físico y mental. Los perros que no han sido levantados por la perrera, han huido a otras colonias, expuestos al maltrato, a morir atropellados o de hambre. Pero los  pocos que viven aún entre las vías (si es que casi más de 50 animales son pocos), siguen en busca del único que les puede ayudar: el humano.

   Col. hogar y Seguridad, Azcapotzalco.- Dicen que en este lugar es peligroso pasar, que es probable que te asalten a mano armada o que te encuentres con alguna banda de la colonia. 

   Pero si aún deseas cruzar una tarde por esta zona, puedes escuchar al tren silbar mientras los perros lo persiguen hasta perderlo de vista. A un lado de las vías, están las casas construidas de lámina, madera y hasta plástico. Entre los habitantes se cooperan para pagar una pipa de agua una vez al mes, y la luz la consiguen a través de los “diablitos”.

   Al entrar a esta zona, la pobreza se puede percibir y oler. Si miras a tu alrededor, observaras algunos perros amarrados y otros sueltos que conviven con unos gallos. A lo lejos escuchas a los burros, mientras a tu paso, los gatos se esconden entre los huecos de los arbustos.

   Sobre las vías, se ven los restos de huesos, pedazos de tortillas y algunos granos de arroz, que tal vez, algún hombre piadoso, aventó para saciar el hambre de uno que otro perro.

   En el recorrido por está zona de casas grises a medio construir, de árboles caídos y arbustos malformados; solo se ve tristeza, soledad e indiferencia; a lo lejos un perro color naranja se acurruca entre un sillón viejo y abandonado, bajo los rayos del sol.

   Este mismo paisaje, de casas construidas de la nada,  de personas sin alimento, sin agua, y de animales que comparten la misma tragedia, se aprecia en muchos lugares del Distrito Federal.

   De pronto, una mujer se aparece de la nada, cargando dos cubetas de agua y arrastrando sus zapatos al caminar. Se introduce en un hueco que parece una entrada con forma de puerta, solo que la puerta es de tela.

   “Estos perros, estos animales, no se de que manera llegaron aquí; unos los vi como los tiraban desde coches, otros de la noche a la mañana aparecieron y sobre todo que la gente viene y los bota. Yo no les puedo dar nada, si a puras penas comemos nosotros, que les voy a estar dando, además, son buenos para esculcar la basura, de ahí sacan algo”, comenta.

   La señora que arrastra los zapatos agrega: “No es que no sienta algo por ellos, pero si apenas uno sobrevive que se va a estar preocupando por ellos, que se preocupe el gobierno por nosotros y luego por ellos”.

   Hasta hace más de un mes, la perrera se paseó por aquí, dicen que se llevaron a algunos, y otros escaparon hacia calle adentro. La señora de las cubetas, apenas si los mira, pero a sus hijos les gusta jugar con todos los perros que se acercan.

   “Son perros de nadie. Están todos juntos ahí. Se siguen a todos lados y se protegen. Algunos son desconfiados, pero otros, si les hablas tantito bonito, ahí los vas a tener y ni se van a querer ir. A veces son un fastidio, le ladran a todo mundo y más si pasa el tren. A veces siento que quieren morder a alguien, pero solo asustan. He visto que se llevan a muchos, pero está bien ¿no?. De todos modos a veces mueren de hambre o atropellados”. Hace una pausa la Señora y le grita a sus hijos para que entren a comer.

   El paisaje es desolador. Un perro negro, que parece como un labrador, cojea de su patita derecha, y se puede observar diferentes tipos de heridas, así como el poco pelo que le queda en su cuerpo.

   En estos lugares, poco les interesa los animales que ahí luchan por vivir. De todos modos ¿para qué les interesaría?, si cómo dicen, a penas pueden sobrevivir, que se van andar fijando en esos animales. Sin duda, pensaran, ¡que llegue la perrera y se los lleve!.

   Pero, ¿Por qué los dueños pasan por las vías en sus coches y tiran a los perros, cómo si fuera la basura del día?.

   “Yo he visto como han pasado con sus coches mas o menos buenos, y los avientan. Una vez vi que era una perrita embarazada, no se cuánto tenía ni nada… solo se que la escuche chillar, trate de llamarla, pero cojeando se fue caminando hacia el lado contrario de las vías y ya no supe de ella”, dice el señor Martínez, vecino del lugar.

   Los perros que se unen, que se juntan, que se protegen, tratan a veces de salir de esa zona y se adentran a otras colonias. Es común verlos rondar por grandes tiendas departamentales, echados en las escaleras, viendo entrar y salir a la gente; en la espera de que alguien les de algo de comer.

   Sus caritas reflejan la soledad y la agonía, de morir poco a poco. Nosotros los domesticamos, y aunque algunos pueden y encuentran alimento, la realidad es que la mayoría muere. Pocos son los que sobreviven más de un año en la calle.

   Estos seres, están propensos a golpes, atropellamientos, a morir de hambre o envenenados; a las perreras y sobre todo, propensos a que algún ser humano, sin escrúpulos, desate su ira sobre ellos.

  En la Ciudad de México y sus alrededores,  hay aproximadamente tres millones de perros callejeros, los cuales han sido abandonados por sus dueños y que a la vez, se siguen reproduciendo.

  Pero si le damos la otra vuelta a la moneda, no solo los perros callejeros sufren y mueren. También los que viven en casas, ya que muchos dueños de estos perros (incluyendo los gatos), no tienen idea de cómo cuidar, tratar, educar o simplemente amar a estos seres.

   Continuamente se puede ver por las calles de está ciudad, perros en la azotea, en el estacionamiento, o en pequeños balcones sin ninguna protección.

   Muchos de ellos no han sido esterilizados y   menos cuentan con una sana alimentación, ni atención médica.

   Tal vez, otros tengan mejor suerte, amos cariñosos, que les dan un buen alimento, que los han esterilizado y llevan un buen reporte médico de todas sus vacunas. Pero, a la hora de pasear, los traen sin correa, o sin placa, o simplemente no recogen sus heces fecales.

   El día en que se hizo este recorrido por la zona del norte de Azcapotzalco, atropellaron a un perro de talla mediana frente a la mirada de indiferencia de muchos humanos. 

–          Esto se ve diario, los automovilistas, no tienen precaución, no andan con cuidado, que les va a importar un perro, para ellos no son nada, es un tope más, ni se van a bajar a ver si lo mataron o medio lo hirieron ¿verdad?- comenta un anciano de una casa vecina que también en vez de puerta tiene una cortina color azul.

–          ¿Seguido matan perros o gatos por aquí?

–          Si, hace como una semana una pesera le pego a un perro grande, le dio en la parte de atrás, y solo se escucho el grito del perro… pero ya nada se hizo. Lo curioso es que muchos perros se acercaron al perro tirado, le hacían como bola y lo lamían de repente, cómo si entendieran su dolor – responde.

    Azcapotzalco es una delegación con varios focos rojos, hay mucha violencia, robos a mano armada y sobre todo pandillas que cada día son el terror de los colonos.

   Es de clase baja o media baja. Pero solamente en esa zona, de la colonia Prohogar, se puede apreciar tres o cuatro veterinarias.

    Irónicamente, también se observan muchos letreros (uno pegado tras otro) de perros y gatos desaparecidos; y al mismo tiempo cerca del mercado, fácil se puede contar entre unos 15 perros que rondan deseosos de  que una persona les aviente algo, o bien, esperar los desechos de comida que los locales avientan al cierre del mercado.

   “La gente no tiene ni la menor idea de que es el respeto a los perros y a otros animales. Vienen con sus mascotas de vez en cuando, la mayoría a bañarlos, pero pocos son los que se preocupan por sus vacunas, los que cuidan que no se escapen o que los traen siempre con correa. Hay mucha indiferencia. Como que los humanos han perdido el grado de dolor o de sentir dolor por otros. Imagínate, si se matan entre hombres ¿qué podemos esperar que sientan por los animales?.” Comenta la dueña de la Veterinaria Lizzy.

   Las perreras, parecen seguir ese perfil de indiferencia hacia estos seres. Cada mes se arrojan a los basureros del Distrito Federal de 12 a 15 mil cuerpos de perros sacrificados por los antirrábicos. Por año, son 180 mil perros y gatos que son sacrificados por los Antirrábicos y Centros de control canino.

   Pero por más perros que atrapen con lujo de violencia, inclusive si tienen plaquita, los porcentajes de estos animales callejeros, no bajan.

   La realidad es que se deben esterilizar para no continuar con la sobrepoblación. Pero, ¿quién realmente tiene toda infraestructura económica para hacerlo?. ¿Qué acaso el gobierno tanto Federal como estatal o en su caso, del Distrito Federal, no tienen responsabilidad en esto?.

   No hay muchos albergues, ni protectores para tanto animal callejero. Y por más buenos deseos que se tengan, los animales de la calle no van a vivir de eso.

   Mientras, de regreso a las vías, algunos de los perros ya tienen nombre según por sus características físicas. Uno ya se llama tigre, por sus manchitas negras sobre su pelo naranja, otro ya es fisgón, por tener unos ojos grandes de color café claro, y así muchos más. Realmente, no sabemos que va a ser de ellos: ¿si la gente de alrededor seguirá arrojándoles uno que otro alimento?, ¿o si su curiosidad los lleve hacia otros terrenos?,   ¿o si se les ocurra cruzar cuando un camión va a pasar?, ¿o si alguien que camine logré mirarlos a los ojos y descubra el gran amor guardado que tienen para dar?.

   “Está es una zona perdida, a nosotros no nos ayuda nadie, el gobierno nos tiene olvidados, no tenemos agua, ni drenaje, vamos al baño en esos huecos de atrás… si nosotros no tenemos nada, ¿qué pueden tener ellos que son tan solo unos animales” admite la señora que camina arrastrando los zapatos.

Escribe: Cinthya García Castañeda

Categorías:CRUELDAD
  1. noviembre 22, 2010 a las 8:59 pm

    ola

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