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MITOS SOBRE LOS GATOS NEGROS

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Pocos animales están tan relacionados con las supersticiones y los mitos como el gato. Esto puede deberse, en parte, a sus hábitos nocturnos, su aparente habilidad para ver en la oscuridad y su extraordinaria agilidad.
El vínculo de los gatos con la religión, lo oculto y lo sobrenatural se origina varios milenios atrás en diversas culturas.
Por investigaciones recientes sabemos que los gatos eran animales domésticos en Egipto hacia el año 1500 a.C. y tal vez desde antes. A los machos se les relacionaba con Ha, dios del Sol, y a las hembras con Bastet, diosa de la maternidad y la fertilidad. Los antiguos egipcios creían que un eclipse de sol era la batalla que libraba Ra contra Apap, dios de la noche. En esa lucha Ra tomaba la forma de un gato gigante. Dar muerte a un gato, aun accidentalmente, era más grave que matar a un ser humano.
Cuando la civilización egipcia finalmente sucumbió a las legiones romanas en el año 58 a.C., los dioses de los egipcios se desvanecieron, aunque más tarde algunos reaparecieron bajo otras formas. Por ejemplo, Pasht, la diosa egipcia de la Luna, se identificó con Diana, la diosa romana que muchas veces se manifestaba como Hécate, un ser que dominaba la magia negra en el inframundo.
Se creía que Hécate podía convertirse en gato negro para salir del mundo de los muertos a incursionar entre los seres humanos. De repente, los gatos negros, adorados por los egipcios, se convirtieron en animales a los que había que temer. Durante la caótica situación que siguió a la caída del Imperio Romano, los europeos fueron identificando gradualmente a los gatos con Satanás.
Durante la Edad Media se creía que los demonios tomaban la forma de gatos. Por eso se pensaba que estos felinos eran compañeros inseparables de las brujas. Para perpetrar sus fechorías una bruja necesitaba a un espíritu esclavo que tomara la forma de un gato. Una bruja podía asumir cualquier forma o apariencia, entre ellas la de un gato negro.
La persecución de gatos se tomó sistemática en todas partes; en muchos festivales europeos, tales como la Pascua y la Cuaresma, se practicaban sacrificios rituales de gatos. Durante siglos, en París se celebró un festival en el que se encendían hogueras alimentadas de jaulas llenas de gatos. Ya en 1602 se creía que “para curar cualquier enfermedad causada por una bruja a un niño… [se debe] quemar el corazón de un gato negro y [dárselo] al niño durante siete días a la hora de dormir”. También se creía que la cabeza de un gato negro “que no tuviera ninguna mancha de otro color”, reducida a cenizas, curaba la ceguera.
En el siglo XVIII surgió en Europa una extraordinaria ambivalencia con respecto a los gatos. El temor dio paso a la indulgencia y la aceptación, alimentadas por los intereses de mercaderes y granjeros, quienes apreciaban la habilidad de los gatos para eliminar ratas y ratones. Los gatos negros se convirtieron en símbolo de buena suerte. En el norte de Europa, las esposas de los marineros tenían gatos negros, pues creían que esto protegería a sus hombres de los peligros del mar.
Algunos equipos de fútbol adoptaron a los gatos negros como mascotas. Estos felinos llegaron a ser tan codiciados que constantemente eran objeto de robo. La situación cambió completamente y en muchos hogares los gatos recuperaron algo de la anterior posición que habían disfrutado en el antiguo Egipto, cuando se les reverenciaba como deidades en los templos. El sabio holandés Erasmo de Rotterdam escribió, después de visitar un hogar inglés, que al saludar tuvo que besar a todos los miembros de la familia, incluyendo al gato.
Ante un tapiz de creencias tan antiguo y variado como éste, no es de sorprender que hayan sobrevivido hasta nuestros días fragmentos tan dispersos y contradictorios de folclor y superstición. Por ejemplo, muchos mineros consideran de mala suerte bajar al túnel si un gato negro se les cruza en el camino. Algunas novias desean ver un gato negro de camino al altar y otras no. De acuerdo con el folclor irlandés, cualquier gato es una criatura demoniaca y cuando uno de estos felinos entra a un hogar, su influencia maligna sólo se nulifica diciendo: “Dios salve a todos en esta casa, menos al gato”.

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